Trump se ha convertido en el nuevo matón de la clase:
amenaza porque tiene la fuerza y la ejerce, sea con derecho o sin él. Y esa
fuerza la utiliza para imponer y defender lo que cree que son los intereses estrictos
de su país, no para salvaguardar el orden internacional, los valores
democráticos o realizar acciones humanitarias. Desgraciadamente, es así.
Con EE. UU. hoy resulta secundario analizar si una acción
concreta coincide o no con los intereses generales o los principios y valores
de la Unión Europea o de España. Lo relevante es que, si en algún momento hay
coincidencia, es circunstancial. Trump, y por tanto EE. UU., se está moviendo
por intereses económicos e incluso personales propios, y lo que se está
definiendo es un nuevo equilibrio mundial. Su actuación actual en Ucrania,
Venezuela o Groenlandia lo demuestra.
Trump y el nuevo reparto del mundo: el matón de la clase global
Trump actúa como el matón de la clase en un mundo que se
reorganiza por la fuerza. La primacía de los intereses nacionales y personales,
al margen del derecho internacional, dibuja un nuevo equilibrio global que deja
a Europa ante un dilema existencial.
Tres polos y un mundo sin reglas
Estamos viviendo un nuevo reparto del mundo con tres polos:
EE. UU., China y Rusia, cada uno con sus áreas de influencia correspondientes.
Las tres grandes potencias intervienen política o militarmente en sus zonas de
control según les conviene, al margen del derecho internacional y de los
valores tradicionales de la democracia. Rusia, China y EE. UU. encarnan
expresiones modernas de los antiguos imperios.
En este nuevo escenario sobra el cuarto actor: la Unión
Europea, a la que Trump no deja de enfrentar con sus propias debilidades e
incoherencias. España forma parte de este bloque y comparte, por tanto, esas
fragilidades.
Europa ante su desafío histórico
Es preciso avanzar de forma urgente hacia una mayor cohesión
europea, aunque ello conlleve cesiones importantes de soberanía
de los Estados miembros. Pero este proceso debe ir
acompañado de la aparición de nuevos liderazgos, de la reducción y redefinición
de la maquinaria burocrática europea, de una mejora de la representatividad de
sus instituciones y de un mayor grado de identificación de la ciudadanía con
ellas. Sobre todo, es necesario construir un proyecto colectivo que nos una
pese a las diferencias económicas, lingüísticas o culturales.
La Unión Europea encarna unos valores y un modo de vida que
hoy no son compartidos por los demás actores mundiales. Y, como no espabilemos,
nos veremos arrastrados a los suyos, aunque ello suponga una merma del Estado
del bienestar y de los derechos de la ciudadanía. Despertemos y defendamos un
futuro para Europa.